A vueltas con la territorialidad de nuestro Estado

Aritz Urtubi Matalaz.
 Difícilmente encontraremos otro caso en el planeta donde un pueblo, el pueblo vasco en este caso, no sepa -en su mayoría- o no quiera -en un amplio sector- reconocer su marco territorial.
Si bien nuestra dramática situación es harta peliaguda visto que -por ahora- no disponemos de la fuerza suficiente para ejercer el control efectivo sobre el territorio, ello mismo se convierte en una dificultad añadida y debemos hacer un esfuerzo suplementario para situarnos -el imaginario- dentro de un marco que comprenda los cuatro puntos cardinales.
Cuatro cientos años desde la perdida de la estatalidad -1620- y casi diez siglos desde que empezaron las embestidas provenientes del imperialismo con el fin de desmembrar nuestro ente estatal que nos dimos los vascos, no ayudan precisamente a salir airosos de este entuerto. A ello le añadiremos la brutal acción que ejercen los dos Estados imperialistas que tienen al nuestro secuestrado y desactivado. Una acción que no se limita solamente a reprimir con una saña inusitada cualquier resquicio de resistencia del pueblo ocupado y subyugado -actividad que está en consonancia con la delincuencia imperialista organizada- sino que comprende también borrar cualquier vestigio que nos ayudase a entender y procesar nuestro ser y estar. La aculturación a la que ha sido sometido este pueblo por parte del imperialismo franco-español debe considerarse, sin ningún genero de duda, como un crimen de lesa humanidad y debe ser reparado, incluyendo el castigo correspondiente a los culpables.
Resultado de este genocidio en toda regla cometido contra el pueblo vasco en diferentes épocas y por diferentes depredadores, sus rasgos, su identidad y su idiosincrasia se han visto alterados, modificados y mutados.
En su origen, lo que era un mismo pueblo, con una misma lengua, una misma cultura -incluyendo la política- y un mismo entorno terrestre y climático, es visto hoy por los propios agredidos y desarraigados como si se tratase, al día de hoy, de varios pueblos diferenciados que poco o nada tienen que ver entre ellos si no fuesen por «algún que otro tratado» escrito en un pergamino, que los unía por intereses estrictamente jurídicos.
Nada más lejos de la realidad. Como pueblo primogénito europeo estábamos asentados en unos territorios concretos que por condiciones orográficas y climáticas, escogimos.
No partir de ese principio estratégico es dar la razón a quiénes nos invadieron, nos masacraron, nos sometieron, nos expoliaron y nos colonizaron. Aberraciones que siguen al orden del día, no lo olvidemos.
Y lo concerniente a nuestro marco territorial no podía escapar de tales métodos y sus posteriores consecuencias, donde en la actualidad, nuestro pueblo, que no se reconoce como tal en su conjunto, tampoco reconoce su solar, donde estuvo asentado desde tiempos inmemoriales.
La deriva funesta del ser colonizado que hace suya la historia de quiénes intentan destruirlo física y mentalmente, le impide reclamar y reivindicar la devolución de lo que le usurparon de manera violenta por desconocer tan siquiera cuales son las tierras que siendo suyas se apoderaron los integrantes que componen la delincuencia imperialista organizada.
Hoy, una vez consumado el delito, los criminales y delincuentes contemplan como ese pueblo sometido se dirige hacia un proceso de minorización y reduccionismo imparables en todos los órdenes. Para muestra un botón, cuando vemos que en el imaginario de la mayoría que compone el sujeto atacado, su marco territorial lo visualizan desde la derrota y el posterior debilitamiento, dando por bueno los restos que los opresores les han «concedido a bien» con la vista puesta a restringir aún más su disminuido espacio vital hasta borrarlo definitivamente del mapa.
Nos referimos a ese zazpiak-bat acuñado por el paradigma aranista -mayoritario dentro de las filas del pueblo ocupado- que dentro de nada quedará en un hirurak-bat y así sucesivamente.
Con la irrupción en el mapa político del paradigma estatal nabarro, también ha irrumpido un razonamiento que tiene sus raíces en una ideología que escapa del síndrome del colonizado y en cuanto a territorios -como no podía ser de otra manera si hablamos de un pensamiento descolonizado- sitúa a estos últimos en su justa y legítima ubicación dentro del mapa: La continuación del Estado europeo de Nabarra exige, en cuanto a territorialidad se refiere, abarcar al sur de los Pirineos y al norte, todos los territorios que pertenecieron a la Corona de Nabarra y Ducado de Vasconia, soberanías que en su origen son las mismas.
Las fronteras de Nabarra, como actual Estado vasco europeo, están totalmente delimitadas en mapas y tratados de todas las épocas anteriores a las invasiones.
En ello consiste lo que al día de hoy es aún un imaginario. Necesario para marcar tu territorio, para situarte y saber de los puntos cardinales dentro de los cuales te mueves y que te pertenecen. Es un avance.
Ahora queda preparar las actividades adecuadas para proceder a una acumulación de fuerzas necesarias que nos permita recuperar y atesorar esa soberanía de origen antes mencionada. Es decir, tener la potestad de ejercer el derecho exclusivo de meter miedo a los demás.

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