Los objetivos y la abstención

Aritz Urtubi Matalaz.
Obligarlos a que retiren sus fuerzas de ocupación de nuestros territorios ocupados de Nabarra y hacernos con el control de estos últimos requerirá previamente actuar sobre la base de una oposición de nivel estratégico al imperialismo. Esa mencionada oposición debe tener como detonante el desafío a la legalidad que emana de quienes nos tienen sometidos y privados de libertad.
Ese desafío se debe concretar en contraponer nuestra legalidad nabarra frente a la suya, la cual consideramos ilegal y delictiva a todos los efectos.
No nos estamos refiriendo a desobedecer -a sus leyes- sino a imponer las nuestras, obligandoles a tomar decisiones en contra de su voluntad y de su proceder delictivo, y de ese modo dejarlos fuera del marco legal que fuésemos capaces de re-instaurar sobre los territorios que nos pertenecen.
La abstención en sus elecciones, que algunos preconizan -añadiéndole adjetivos tales como activa o masiva- es un forma errónea de plantear y presentar una ofensiva política contra la presencia de las fuerzas de ocupación en nuestros territorios. En ella no se desafía, ni tan siquiera en modo de desobediencia -lo cual también sería erróneo- las leyes del ocupante sino que se respetan estas últimas y se hace uso de ellas, donde la abstención está perfectamente regulada, consensuada y homologada dentro de la normativa jurídica de las potencias ocupantes.
Es decir, que presentar nuestra oposición a sus convocatorias electorales en  nuestros territorios por medio de la abstención es caer en la infra-estrategia política, siendo ese esfuerzo baldío fácilmente recuperable por parte del imperialismo al detectar este último que su legitimidad, por medio de su legalidad, no se ve amenazada sino simplemente cuestionada.
Esto nos lleva a la confusión política, dando a entender que nuestro objetivo estratégico fuese evitar que nuestras gentes se acercasen a esas urnas cuando en realidad el objetivo es otro: impedir la colocación de esas urnas en nuestros territorios porque así lo indicasen nuestras leyes, que no autorizan a ningún Estado extranjero a organizar elecciones, ni consultas, ni referéndums en los territorios  de Nabarra.
Si bien para ello nos tendremos que dotar de un órgano estatal propio que conduzca ese proceso de resistencia y ofensiva, y a la vez, sea capaz de canalizar y articular la fuerza y el poder que emanan del pueblo ocupado para institucionalizarlo mediante leyes propias, mientras tanto, nuestro pensamiento debe de ser ése. Un pensamiento político que hunde sus raíces en la estatalidad propia.
Ningún Estado conformado permitiría la convocatoria de elecciones en su territorio por parte de otro Estado y sería impensable que ante una situación de esas, abogase por la abstención, lo equivalente a permitir previamente que se colocasen urnas extranjeras en su territorio.
Si bien no somos un Estado conformado sino secuestrado, nuestro razonamiento, al menos, sí debe estar conformado con el fin de conseguir la mayor potencialidad política que nos permita pensar como seres libres de ataduras coloniales y actuar en consecuencia con la máxima determinación.
Y en esta cuestión, lo que prima es la soberanía. La soberanía no es otra cosa que el derecho exclusivo de meter miedo a los demás. Dentro de este fundamento político constatamos que el imperialismo es el que dispone de esa facultad al tener el monopolio de la violencia que nos hace tenerle miedo. Un miedo justificado, visto que no tenemos articulado ningún resorte de poder que frenase y se enfrentase a ese otro poder criminal, que no es ni primogénito ni del lugar sino extranjero, invasivo y delictivo. Ante la falta de soberanía de la cual hacemos gala sólo nos queda resignarnos ante la instalación, contra-derecho, de sus urnas que ratifican quien tiene el control del territorio. Si lo consideramos de verdad como un contra-derecho, nos tendremos que organizar para restablecer el derecho originario y no permitir que la invasión y posterior ocupación de nuestro Estado de Nabarra sea considerado y aceptado por nosotros mismos como un derecho adquirido y consuetudinario. Nuestras costumbres hechas Ley nos indican todo lo contrario y las tendremos que defender, entendiendo que el derecho es la determinación del comportamiento por medio del monopolio del uso o amenaza de la fuerza.

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